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  • Foto del escritorRoger Valls Martínez

Asegurar la salud o bienestar: una situación comprometida


Estoy seguro de que todos los que tenemos animales a cargo, ya sea porque convivimos o porque trabajamos con ellos, queremos que su calidad de vida sea la mejor. Sin embargo, pocas veces sabemos cómo evaluar su bienestar y, en consecuencia, nos es difícil ofrecerles el entorno más apropiado y manejarlos de forma óptima. Queremos que estén sanos y seguros, y también que sean felices, pero, ¿existe una forma para asegurarles ambas cosas?



Los animales salvajes que viven en libertad se exponen a riesgos que suelen estar ausentes en cautividad, sin embargo, se utiliza su estilo de vida como referencia para otorgar bienestar a sus congéneres que se encuentran bajo cuidado humano. - Fotografía de Noelia Sánchez.


Evaluar el bienestar de los animales no es fácil


Y es que, para empezar, el bienestar animal es un concepto difícil de definir, con lo cual, evaluarlo se convierte en algo todavía más complicado. A este respecto, por fortuna, Donald M. Broom estableció en 1986 una definición que parece haber puesto de acuerdo a buena parte de la comunidad científica y profesional que trabaja en este ámbito.


“El bienestar animal es el estado mental de un individuo en relación a sus intentos por afrontar el entorno en el que se encuentra”.


Aunque de todo esto ya hablé en una entrada anterior titulada “¿Qué es el bienestar animal?”, no está de más poner de nuevo sobre la mesa esta definición para dejar clara una vez más la centralidad de los estados afectivos y, por lo tanto, del apartado mental de los animales, en su bienestar.


En este sentido, tal como apuntan Mason & Veasey (2010), el bienestar pobre tiene lugar cuando los animales experimentan estados mentales negativos de estrés o sufrimiento de forma severa y crónica. Por otro lado, cuando su estado emocional general es positivo, los animales gozan de un buen nivel de bienestar. ¿Cuál es el problema de esto? Desafortunadamente, evaluar y, sobre todo, medir los sentimientos o estados afectivos de un animal no es tarea fácil.



A veces, cuando conoces bien a un animal, puedes saber cómo se siente sólo con mirarlo. Simplemente viendo cómo se comporta. - Fotografía de Noelia Sánchez.



Indicadores físicos del bienestar animal


Es precisamente por eso, por los desafíos que plantea la medición de los sentimientos de los animales, que muchos profesionales del sector animal han ido optando por emplear métricas de bienestar basadas en indicadores físicos, a pesar del reconocimiento generalizado de que estos no son más que indicadores indirectos y que, por tanto, un buen estado de salud no es reflejo inequívoco de un buen nivel de bienestar. Dicho de otra forma: aunque es más probable que un animal que goza de bienestar muestre una condición física y de salud buenas que otro que no tiene calidad de vida, que el animal esté o parezca sano físicamente, no nos asegura que sea un animal feliz, puesto que el estado de bienestar es algo puramente mental.



La condición corporal es un indicador físico que, si bien es poco representativo del bienestar del animal, puede ser un indicador de problemas ambientales o de salud que podrían ser causa de carencias en su bienestar. En esta imagen se ve a Tito (Eclectus sp.) pesándose voluntariamente. - Fotografía de Noelia Sánchez.


Un ejemplo de cómo influyen los indicadores de bienestar estudiados en el resultado del análisis del bienestar de un animal lo relata Fraser (2008): En 2001 un grupo de científicos australianos estudiaba el impacto del alojamiento en el bienestar de cerdas y lechones basándose en “criterios ampliamente aceptados de bienestar pobre como la salud, la inmunología, las lesiones, la tasa de crecimiento y el equilibrio de nitrógeno” y concluyeron que los corrales para cerdas cumplían con los requisitos de bienestar animal y rechazaron cualquier preocupación pública acerca de dicha forma de confinamiento. Cuatro años antes, un comité científico de la UE que consideraba los estados afectivos de los animales además de su salud física, llegó a la conclusión opuesta, considerando que los animales tenían “ graves problemas de bienestar”. Esto demuestra cómo la definición de bienestar animal que se toma en consideración determina los parámetros a analizar a la hora de estudiarlo y, consecuentemente, influye en los resultados de la evaluación del propio bienestar.


Indicadores de bienestar animal de tipo físico o de salud, como son la longevidad, la condición corporal o la condición de la piel o del plumaje, son comúnmente analizados tanto en explotaciones ganaderas como en clínicas veterinarias. En estas últimas, así como en instituciones zoológicas, es frecuente basarse, además de en los indicadores de salud que acabo de comentar, en indicadores puramente ambientales, los cuales han sido relacionados en líneas generales con niveles positivos de bienestar, como es la provisión de dietas adecuadas, temperatura apropiada, atención médica, etcétera. Una vez más, se trata de métricas de evaluación del bienestar animal que, si bien son fácilmente cuantificables, no reflejan cómo el animal, en su mente, está percibiendo el entorno en el que vive y su relación con él.



Indicadores físicos: no es oro todo lo que reluce


Centrándonos en el primer tipo de indicadores, los físicos: algunos autores, como Duncan & Petherick (1991) argumentan que el bienestar físico de un animal solo es relevante para su nivel de bienestar cuando el estado físico influye en estado mental del animal, y por lo tanto, incluir la salud física como factor definitorio del bienestar animal es una redundancia en sí misma.


Aplicándolo a loros, que son los animales con los que más he trabajado: muchas personas se preocupan por resolver los signos físicos del picaje (daño autoinfligido en el plumaje, consistente en romper o arrancar sus propias plumas), pero pocas veces veo una atención real a atender y resolver las causas de dicho picaje, que suelen ser mentales, derivadas de un nivel de bienestar pobre. En este tipo de casos, el problema en el bienestar del animal es la causa y no la consecuencia (salvo en casos de automutilación o picaje muy avanzado), por tanto, colocar un collarín al animal para evitar que alcance a picarse, por ejemplo, no sólo no contribuirá a resolver el problema sino que muy probablemente lo agravará todavía más. En este caso, la condición del plumaje (indicador físico) irá mejorando, a la vez que el nivel de actividad y la expresión de comportamientos asimilables a los naturales (indicadores de bienestar comportamentales, sobre los cuales escribiré en otra entrada) irán disminuyendo. Es decir, la calidad de vida del animal será peor, pero la evaluación del estado físico del animal nos indicará todo lo contrario.



Hay animales cuyo estado físico indica problemas en su bienestar. Sin embargo, indicadores más directos como los relacionados con el comportamiento indican todo lo contrario. - Fotografía de Noelia Sánchez.


Todo esto nos lleva a un punto donde la reflexión se vuelve muy interesante cuando hablamos de mantenimiento y cuidado de fauna en cautividad. Porque, si nos ponemos a darle vueltas , por ejemplo, a diferentes modalidades de diseño de espacios o de manejo de animales, encontramos cierta relación inversa entre la preservación de la salud física de los animales y su estado de salud mental.


Imagina, por ejemplo, a un loro (o un primate, u otro animal) en un ambiente de volumen contenido, completamente aséptico, en el que no incluimos ningún tipo de estímulo que sea susceptible de dañar al animal. En tal entorno, es muy improbable que el animal contraiga algún tipo de enfermedad, los riesgos derivados de recibir daño físico se reducen a la mínima expresión y, además, sus cuidadores tenemos la capacidad de monitorizar y controlar fácilmente cualquier parámetro o eventualidad. Posiblemente será un animal longevo y cuyo estado físico será sencillo de revisar y ajustar. Sin embargo, el estado mental del pobre individuo será un completo desastre y tendrá una vida poco menos que miserable.


Por otro lado, tenemos un grupo de animales de la misma especie viviendo en un estado de semilibertado o algo equiparable, habitando un entorno complejo en todos los sentidos y formando parte de un ecosistema vivo, repleto de peligros y situaciones imprevistas. En tal situación, nos encontraremos que la intervención y el control ejercido por parte de los “cuidadores” de dichos animales muy pequeño, prácticamente nulo. La tasa de mortalidad será más elevada, ya sea por depredación, accidentes o transmisión de enfermedades, y en consecuencia, los animales serán menos longevos. Sin embargo, tendrán un nivel de bienestar mucho más elevado, algo que podrá ser refrendado por indicadores de bienestar más directos que los físicos, como es el análisis del comportamiento de dichos animales.



La tensión entre salud y bienestar real


Como se puede apreciar, y esto es algo que comparten muchos autores como Veasey (2019), existe una tensión subyacente entre las prioridades físicas (o de salud) y psicológicas a la hora de mantener animales en cautividad, de manera que, muchas veces, es necesario sacrificar algo de control sobre su salud en favor de otorgarles libertad y bienestar psicológico. Esto es algo que puede (¡y debe!) ser objeto de reflexión y análisis constante por parte de aquellos que cuidamos animales salvajes, pues se supone que es nuestra responsabilidad optimizar su bienestar, y eso significa conjugar el entorno y forma de manejo que les otorguen las máximas libertades y nivel de bienestar, renunciando lo mínimo posible a asegurarles un buen estado de salud.



Un mayor grado de libertad lleva implícito un mayor riesgo. Un riesgo que, bajo mi punto de vista, es compensado con toneladas de bienestar animal. - Fotografía de Noelia Sánchez.


Personalmente, soy generalmente partidario de formas de tenencia de fauna más cercanas al segundo supuesto, en el que la libertad de los animales prima sobre el control por mi parte (en el rol de cuidador). Sin embargo, es fundamental entender los desafíos que implica y analizar el entorno en cada caso para asegurarnos de no exponer a los animales a condiciones que no están preparados para afrontar. Ese es el límite que implícitamente dibuja la definición de bienestar animal de Donald M. Broom, y es la frontera que trato de bordear en mi día a día trabajando con animales salvajes.


Espero que os haya parecido interesante lo que he tratado en la entrada de hoy. Aunque reconozco que es un tema complejo, creo que invita a reflexionar y a hacernos preguntas importantes a todos aquellos que lidiamos con animales en nuestro día a día, ya sea en casa o en el ámbito laboral.


Un fuerte abrazo, ¡nos leemos en la próxima!



Roger Valls Martínez



 

Duncan, I. J., & Petherick, J. C. (1991). The implications of cognitive processes for animal welfare. Journal of animal science, 69(12), 5017–5022.


Fraser, D. (2008). Understanding animal welfare the science in its cultural context. Wiley-Blackwell.


Mason, G. J., & Veasey, J. S. (2010). How should the psychological well-being of zoo elephants be objectively investigated?. Zoo biology, 29(2), 237–255.


Veasey, J. S. (2019). Identifying design priorities for optimal welfare. Proceedings of the 2017 International Zoo Design Conference.

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3 hozzászólás


Vendég
ápr. 26.

Super interesante como siempre Roger. Gracias por compartir y enseñarnos con cada publicación un poco más sobre estos seres maravillosos que son los animales💚

Kedvelés
Roger Valls Martínez
Roger Valls Martínez
máj. 17.
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¡Muchas gracias por tu comentario! Es un honor para mí que me leáis :)

Kedvelés

paulosky66
ápr. 15.

Gracias Roger! No sabes cuanto necesitaba leer esto hoy...

Kedvelés
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