¿Son los centros de rescate una herramienta para la conservación?

Casi todas las personas —o al menos una buena parte— conocemos centros de rescate de fauna en nuestra región, o como mínimo sabemos de su existencia. En general, existe una percepción bastante consensuada de que son necesarios y realizan un buen trabajo. Sin embargo, se trata de un modelo que, con mayor o menor fundamento, también cuenta con sus detractores. Veámoslo.
Siempre se habla de conservación pero, ¿qué es realmente?
La conservación. Esa de la que todo el mundo habla, de la que muchos incluso obtienen rédito político, pero que muy pocos conocen de verdad. Y ojo, no es que uno tenga que ser experto en conservación en términos filosóficos, pero a veces —especialmente en televisión y en redes sociales— se utiliza el término de maneras que hacen sangrar los oídos. Por eso, conviene sentar unas bases mínimas del concepto antes de construir el resto de esta reflexión con cierto fundamento y coherencia.
Aunque hoy el concepto “conservación” se ha prostituido hasta niveles difíciles de justificar, si no me equivoco, este término empezó a emplearse durante el movimiento conservacionista estadounidense de finales del siglo XIX, bajo el gobierno del presidente Theodore Roosevelt. Su consejero y primer director del U.S. Forest Service lo definió como “el uso de los recursos naturales para el mayor beneficio del mayor número de personas durante el mayor tiempo posible”.
Si nos acercamos más a la actualidad, encontramos definiciones que probablemente se ajustan mejor a las realidades de nuestras sociedades contemporáneas. Por ejemplo, la IUCN propone en McNeely et al. (1990) que la conservación puede entenderse como “la gestión de la utilización de la biosfera por el ser humano de modo que produzca el mayor beneficio sostenible para las generaciones actuales, mientras mantiene su potencial para satisfacer las necesidades y aspiraciones de las generaciones futuras”, mientras que el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB, 1992) plantea “la conservación de la diversidad biológica, el uso sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios derivados de la utilización de los recursos genéticos” como uno de sus objetivos.
Ambas definiciones reflejan, de manera explícita o implícita, que la conservación tiene un enfoque claramente antropocéntrico: su razón de ser está vinculada no sólo al uso sostenible de los recursos naturales, sino también al beneficio humano. Esta dimensión es justamente la que da sentido a la acción humana en la protección de ecosistemas y biodiversidad, ya que la conservación, en la práctica, busca garantizar que los sistemas naturales sigan funcionando y proporcionando servicios esenciales, tanto para nosotros como para las generaciones venideras.

Todo esto puede dejar en shock a más de un lector. Muchos hemos crecido creyendo que preocuparse por la conservación es un acto de altruismo y solidaridad, y que quienes se dedican a ello son almas puras, seres de luz que ponen siempre el bien común por delante de sus intereses particulares. No me malinterpretes: claro que hay personas e incluso organizaciones que, de forma altruista, contribuyen a esta causa, y eso es innegable. Pero lo que quiero señalar es que, a nivel social, conservar la naturaleza es, sobre todo, algo que nos conviene a todos. Si queremos que todo el mundo pueda mantener una calidad de vida similar a la que hemos disfrutado en las últimas décadas en los países del (mal llamado) primer mundo, ahora y en el futuro, necesitamos que el desarrollo sea sostenible. Y es ahí donde la conservación —de los ecosistemas y la biodiversidad— juega un papel crucial.
En resumen, y desde una perspectiva mas técnica, la conservación puede definirse como el conjunto de acciones y procesos destinados a preservar la biodiversidad y las funciones ecológicas del medio en el mejor estado posible. Las unidades a conservar serían, por tanto, genes, poblaciones, procesos biológicos y ecosistemas.
¿Qué son y cómo trabajan los centros de rescate?
Ya sean públicos —en España la mayoría lo son— o de titularidad privada, los centros de rescate son instalaciones cuya función principal es rescatar, rehabilitar y, siempre que sea posible, devolver al medio a la fauna silvestre en situación de necesidad. En la legislación española, por ejemplo, no existe una definición clara de este término, aunque en buena parte del territorio suelen denominarse CRAS (Centros de Recuperación de Animales Silvestres). En Costa Rica, en cambio, los centros de rescate de fauna están claramente definidos como tales en su normativa estatal, aunque en ambos casos, más allá de la terminología, la función de estas instalaciones es esencialmente la misma.
La mayoría de los individuos que ingresan en estos centros son animales enfermos, heridos o huérfanos, aunque también pueden ser animales víctimas del mascotismo o la explotación ilegal, y el trabajo principal con ellos consiste en restablecer su salud física, favorecer la recuperación de su comportamiento natural y, en los casos en que sea viable, reintroducirlos en su hábitat. Tristemente, hay situaciones en las que esto no es posible: problemas físicos irrecuperables, patrones de comportamiento maladaptativos e irreversibles... hay animales cuyo destino no es volver a una vida en libertad. Y, lo que es más duro, muchos casos ni siquiera llegan a ser atendidos, especialmente cuando los recursos disponibles no alcanzan para responder a todas las demandas.

Esta es la realidad de un centro de rescate. Y, de nuevo, no quiero que me malinterpretes. Llevo varios años trabajando en rehabilitación de fauna silvestre y considero que se hace un trabajo importantísimo. Pero eso no significa que se pueda ayudar al 100% de los animales que se reciben. La mayoría llegan en un estado ya muy crítico; de lo contrario, difícilmente habrían caído en manos humanas. Un animal silvestre que aún conserva fuerzas no se deja atrapar con facilidad, y eso explica por qué la mortalidad en estos centros suele ser elevada. No tiene porqué deberse a una mala praxis, sino a que se trabaja con un gran número de especies —muchas de ellas poco conocidas en profundidad— y con individuos que, en la mayoría de los casos, llegan en condiciones extremadamente malas.
A esto se suma que los centros de rescate suelen contar con un financiamiento limitado, dependiente de fondos públicos y/o donaciones privadas, lo que dificulta cubrir los picos de gasto que surgen en determinados momentos del año, como en épocas de alta siniestralidad o durante la temporada reproductiva de aves y otras especies.
Por todo ello, el porcentaje de individuos que logra ser liberado de nuevo en el medio natural suele ser bajo en proporción al total de ingresos. Lo que quiero subrayar es que la cantidad de animales de una misma especie que realmente regresan al medio es limitada y, en consecuencia, la capacidad de estos centros para impactar de forma sustancial en las poblaciones resulta muy reducida. Y, generalmente, es ahí y en su aporte conservacionista, donde se concentran las críticas hacia este tipo de entidades.
¿Qué se critica de los centros de rescate como herramienta de conservación?
La primera y principal crítica que suelen esgrimir quienes cuestionan a los centros de rescate como herramienta de conservación es, precisamente, lo que comentábamos unas líneas más arriba: el aporte proporcional que representan en las poblaciones silvestres es mínimo, mientras que los recursos necesarios para rescatar, rehabilitar y liberar a cada animal son muy elevados. Dicho de otra forma, se trata de una vía extremadamente cara de hacer conservación. Si lo que se busca es conservar el medio natural, existen formas mucho más eficientes de lograrlo. Por eso, estas críticas suelen centrarse en la idea de que los centros de rescate compiten por la obtención de fondos con otras iniciativas conservacionistas consideradas más valiosas, obstaculizando así el desarrollo de estrategias óptimas de conservación.
Otra crítica razonable apunta a que muchos de los individuos atendidos en estos centros ni siquiera pertenecen a especies amenazadas, lo que implica —según esta visión— destinar grandes recursos a fauna que no se encuentra en peligro, en lugar de canalizarlos hacia lo que algunos denominan “conservación verdadera”. Y lo cierto es que, en buena medida, esto ocurre. Cuanto menos amenazada está una especie, por lo general mayor es la abundancia de sus individuos en el medio y, por pura probabilidad, más opciones tienen de sufrir accidentes, ser encontrados y terminar en un centro de rescate. En cambio, las especies más amenazadas, al ser menos abundantes y más difíciles de detectar, llegan en menor proporción. Esta es una realidad que he podido corroborar personalmente. Para mitigar esta limitación, muchos centros públicos en España —y también en otros países— recurren a estrategias de selección, priorizando la atención según la especie a la que pertenece el individuo.

Por último, incluso si el número de animales rehabilitados y reintroducidos fuera lo bastante alto como para representar un aporte sustancial a una población concreta, nos toparíamos con otra limitación importante que también se le reprocha a los centros de rescate. Hay que entender que salvar a una especie de forma aislada, ya sea a nivel local o global, tiene un valor muy limitado en conservación: las especies, desvinculadas de sus ecosistemas, pierden su verdadero sentido ecológico. De poco sirve rescatar y liberar a los últimos individuos de una especie en una región si su hábitat ya no existe o se encuentra profundamente alterado. En esas condiciones, los animales volverán a enfrentarse a las mismas amenazas, y los esfuerzos de rescate, rehabilitación y reintroducción quedarán, en gran parte, en vano.
Entonces, ¿los centros de rescate pueden considerarse una herramienta de conservación?
Partamos de la base de que la conservación, a grandes rasgos, implica preservar aquellos ecosistemas susceptibles de colapsar debido a que el ritmo al que el ser humano los explota excede su capacidad de regeneración o resistencia. En este sentido, como ya señalaban Caughley y Gunn (1996), los pasos necesarios para conservar una especie como parte del ecosistema al que pertenece son los siguientes:
Identificar un declive poblacional.
Diagnosticar las causas —habitualmente antrópicas— de dicho declive.
Abordar y tratar esas causas.
Los centros de rescate, por tanto, pueden estar recuperando y liberando especímenes de una especie en declive sin resolver las causas de fondo que los amenazan. Desde un punto de vista estrictamente conservacionista, por tanto, esta labor carece de utilidad real. Además, como ya se ha señalado, en la mayoría de los casos los centros trabajan con un número muy reducido de individuos en comparación con el tamaño de la población que hipotéticamente se busca conservar. Y a ello se suma que, con frecuencia, buena parte de los recursos de estas entidades se destina a la recuperación de animales que ni siquiera están directamente afectados por problemas de conservación derivados de la actividad humana.
En este mismo sentido, Fiedler et al. (1993) defienden que los esfuerzos centrados en especies —y no en el ecosistema en su conjunto— pierden gran parte de su sentido si no se integran en planes más amplios de conservación ecosistémica o si no se orientan bajo la lógica de los proyectos de especies bandera. Este es, por ejemplo, el caso del guacamayo escarlata en Costa Rica, cuya conservación se utiliza como estandarte para preservar los ecosistemas que ocupa.

Dicho todo esto, cabe aclarar que, bajo mi punto de vista, el objetivo principal de un centro de rescate no es la conservación. Y creo que las críticas hacia este tipo de instituciones no van —o no deberían ir— en la dirección de demonizar su modelo, que resulta tan legítimo como el de cualquier otra acción social, como la acogida de personas refugiadas, la existencia de comedores sociales, las campañas de apoyo a colectivos vulnerables o los programas de reinserción para personas en situación de exclusión. En todos estos casos, se trata de respuestas humanitarias ante problemas concretos, que no pretenden resolver las causas estructurales de fondo, pero sí ofrecer una segunda oportunidad o una mejora significativa en la vida de quienes lo necesitan. En el caso de los centros de rescate, se trata de animales silvestres maltratados, enfermos, heridos o huérfanos.

Por ello, considero que estas críticas tienen legitimidad únicamente en la medida en que algunos centros, como estrategia para atraer la atención y el interés de potenciales donantes y colaboradores, presentan la conservación como un pilar central de su labor. Porque aunque esta afirmación no es del todo falsa, ya hemos visto que la contribución real de estos proyectos a la conservación de ecosistemas resulta muy limitada en comparación con otras iniciativas que sí se enfocan en las causas estructurales de los problemas ambientales. Y eso, que no les quita ni un ápice de legitimidad como proyecto social de apoyo a fauna silvestre necesitada, sí se lo quita en el momento en que tratan de vender su actividad como un engranaje clave en la maquinaria de la conservación ecológica.
Y nada más, gente. Creo que he dejado bastante claro lo que pienso al respecto de este tema. Como veis —y como siempre intento hacer—, no me gusta dar respuestas dicotómicas, sino profundizar en los matices que se esconden detrás de cada cuestión. Porque si algo está claro es que los problemas complejos requieren miradas complejas, y mi objetivo no es dar verdades absolutas, sino ofreceros información y perspectivas que permitan a cada uno entender mejor la situación y sacar sus propias conclusiones.
Como siempre digo, muchas gracias por estar ahí, espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estas líneas y que os hayan servido de algo. Os animo, como también suelo hacer, a que me dejéis cualquier aportación o duda que tengáis en la sección de comentarios que encontraréis más abajo. ¡Nos leemos en la próxima!
Roger Valls Martínez
BIBLIOGRAFÍA
Caughley, G., & Gunn, A. (1996). Conservation biology in theory and practice. Blackwell Science.
Fiedler, P. L., Leidy, R. A., Laven, R. D., Gershenz, N., & Saul, L. (1993). The contemporary paradigm in ecology and its implications for endangered species conservation. Endangered Species Update, 10(3–4), 7–12.
McNeely, J. A., Miller, K. R., Reid, W. V., Mittermeier, R. A., & Werner, T. B. (1990). Conserving the world's biological diversity. Gland, Switzerland: International Union for Conservation of Nature and Natural Resources (IUCN), World Resources Institute (WRI), Conservation International, World Wildlife Fund–US, and World Bank.
United Nations. (1992). Convention on Biological Diversity. Rio de Janeiro: United Nations.




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