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La conservación en zoológicos debe empezar por el bienestar animal

  • Foto del escritor: Roger Valls Martínez
    Roger Valls Martínez
  • hace 2 días
  • 10 Min. de lectura

Desde hace décadas, los zoológicos han sido objeto de un intenso debate social. Para algunos representan espacios de conservación, educación e investigación; para otros son instituciones obsoletas que mantienen animales silvestres en condiciones incompatibles con su naturaleza. Pero más allá de la discusión moral, hay una cuestión que la ciencia sí es capaz de abordar con datos y que, bajo mi punto de vista, es la clave de todo este debate: el bienestar animal.



¿Cuál es la verdadera finalidad de los zoológicos contemporáneos?


Los zoológicos contemporáneos ya no se parecen a las antiguas colecciones de animales exóticos del siglo XIX. Al menos la mayoría de ellos. En las últimas décadas, el sector ha evolucionado hacia un modelo que puede combinar conservación ex situ, investigación científica, educación ambiental y apoyo directo a proyectos de conservación en el medio natural —un enfoque conocido como  conservación integrada o One Plan Approach—. Si se trata de una estrategia de marketing coordinada o de una transformación motivada por convicciones propias no me corresponde a mí decidirlo; en cualquier caso, este giro termina, de un modo u otro, traduciéndose en una mejora ético-social, así que por mi parte, bienvenido sea.


En un mundo donde la pérdida de hábitat, el cambio climático y el tráfico ilegal de fauna continúan avanzando sin tregua, muchos zoológicos ofrecen programas de cría en cautividad, bancos genéticos, atención zootécnica especializada y formación de profesionales. Algunos de ellos, además, han sido actores clave en la recuperación de varias especies amenazadas.


Varios zoológicos participan en programas de cría en cautividad del guacamayo de Lear (Anodorhynchus leari). - Fotografía de Noelia Sánchez.
Varios zoológicos participan en programas de cría en cautividad del guacamayo de Lear (Anodorhynchus leari). - Fotografía de Noelia Sánchez.

¿Significa eso que ese sea siempre su principal objetivo? ¿Significa eso que sitúen esos fines como prioridad absoluta, por encima de cualquier otra? Depende. Bajo mi experiencia, en muchos casos no. Por otra parte, ¿significa eso que, por el hecho de —en teoría— trabajar por un fin social mayor, no debamos cuestionar su forma de proceder? Yo no lo creo. Para mí, el fin no justifica los medios, especialmente cuando los implicados son seres sintientes.



Bienestar animal: la base de cualquier esfuerzo de conservación ex-situ


Para mi, estos esfuerzos de conservación, educación y sensibilización, no sólo no tienen justificación ética, sino que tampoco son efectivos si ignoran al individuo. Vayamos por partes. En términos morales, cabe preguntarse ¿hasta qué punto tiene sentido invertir grandes esfuerzos en beneficio de especies concretas, dejando de lado a las menos atractivas (que representan la inmensa mayoría)? Y más allá de eso, ¿cuál es el impacto real de este tipo de iniciativas en lo que verdaderamente importa, que es la salud y la conservación de los ecosistemas en su totalidad? Habría que hacerse estas preguntas antes de defender el valor de este tipo de proyectos o instituciones a toda costa. Y no me malinterpretes; plantear estas cuestiones no implica negar el valor de estos programas de conservación per se, sino evitar asumirlos como positivos de forma automática, sin considerar su efecto sobre todos los actores implicados, incluidos los animales que, sin posibilidad de elección, forman parte de ellos.


Mantener fauna silvestre en cautividad con fines educativos o de conservación puede tener efectos positivos, pero no todas las acciones amparadas bajo estos objetivos generan el mismo impacto ni poseen, por tanto, el mismo valor social. El sufrimiento animal, sin embargo, no admite gradaciones: hablamos de individuos, cada uno con un valor intrínseco propio, y a todos ellos deberíamos garantizarles unas condiciones de vida dignas. Por eso, a mí particularmente me resulta muy difícil justificar la ausencia de bienestar animal como un daño colateral aceptable para alcanzar determinados fines, no ya sólo los económicos, por supuesto, —no conviene olvidar que buena parte de los zoológicos operan como instituciones con ánimo de lucro—, sino también los conservacionistas o de cualquier otra índole.


Un animal silvestre que vive bajo estrés crónico, con altos niveles de frustración, pocas oportunidades de experimentar estados emocionales positivos o incapaz de expresar comportamientos propios de su especie no solo ve comprometida su calidad de vida; por lo general, también se relaciona peor, se reproduce menos, se muestra menos activo y transmite una imagen distorsionada de la vida silvestre al público. Poniéndome en el papel de un educador de zoológico, me resultaría sumamente complicado hacer mi labor divulgativa y sensibilizadora ilustrando mis charlas con loros que han desarrollado picaje, con elefantes que presenta estereotipias motoras o con felinos que permanecen inmóviles durante todo el día.


Hoy sabemos que el bienestar no se limita a cubrir necesidades básicas como la alimentación o la atención médica. Incluye una dimensión física, sí, pero sobre todo una dimensión mental. El grado de control sobre el entorno, la posibilidad de tomar decisiones, la complejidad y el dinamismo ambiental o la calidad de las interacciones con cuidadores y visitantes son algunos de los factores que determinan, en gran medida, la calidad de vida que los animales experimentan en un zoológico.


Las conductas de juego, especialmente entre crías o individuos juveniles, o en general en especies sociales, son un buen indicador de que los animales están experimentando emociones positivas, por lo menos de forma puntual. - Fotografía de Noelia Sánchez.
Las conductas de juego, especialmente entre crías o individuos juveniles, o en general en especies sociales, son un buen indicador de que los animales están experimentando emociones positivas, por lo menos de forma puntual. - Fotografía de Noelia Sánchez.

Garantizar el bienestar animal es, en cualquier contexto, una responsabilidad moral cuando mantenemos animales a nuestro cargo. Pero en el caso de instituciones que se presentan como agentes de educación y sensibilización ambiental, es además una condición imprescindible para cumplir de forma honesta con ese propósito. No hay educación ni conservación sin bienestar animal.



Entornos con propósito: arquitectura de los recintos y enriquecimiento ambiental


Uno de los factores que más influyen en el bienestar de los animales en zoológicos es el diseño de su entorno, es decir, los recintos en los que viven, qué elementos los componen y cómo están dispuestos. Recintos de dimensiones reducidas, pobres en estímulos o que no responden a las necesidades biológicas de la especie se asocian con niveles de bienestar pobre y favorecen la aparición de comportamientos anormales o desadaptativos.


Investigaciones en el campo del bienestar animal en zoológicos demuestran que no se trata solo del tamaño de los recintos, sino de su complejidad y funcionalidad. La presencia de estructuras tridimensionales, refugios o sustratos variados, entre otros, contribuye a crear espacios que ofrecen mayores oportunidades de exploración y de toma de decisiones, y que permiten a los animales expresar conductas propias de su especie, como trepar, buscar alimento, esconderse o descansar sin ser observados. Está demostrado que, en muchos casos, mejorar la calidad del entorno tiene un impacto más significativo en el bienestar animal que aumentar su volumen o superficie.


Cuando visitamos zoológicos u otros lugares que mantienen fauna silvestre en cautividad, podemos caer en la trampa de dejarnos impresionar por recintos muy grandes. Pero eso no lo es todo. Preguntémonos "¿cómo están ocupando su tiempo los animales?", y parémonos a observar. - Fotografía de Noelia Sánchez.
Cuando visitamos zoológicos u otros lugares que mantienen fauna silvestre en cautividad, podemos caer en la trampa de dejarnos impresionar por recintos muy grandes. Pero eso no lo es todo. Preguntémonos "¿cómo están ocupando su tiempo los animales?", y parémonos a observar. - Fotografía de Noelia Sánchez.

En zoológicos —como ocurre en cualquier contexto de cautividad—, el espacio físico siempre será limitado en comparación con el medio natural. Por este motivo, una de las herramientas más potentes para mejorar la calidad de vida de los animales es el enriquecimiento ambiental, entendido como un proceso dinámico que consiste en introducir cambios planificados en el entorno con el objetivo de promover el bienestar animal. A través de estas estrategias se incrementa el llamado “espacio psicológico” del animal, y ofreciéndole mayores oportunidades de elección y control —y, por tanto, mayor libertad—, incluso en un entorno limitado.


El enriquecimiento ambiental puede adoptar muchas formas: retos alimentarios o motrices, cambios en la disposición del entorno físico, estímulos sensoriales, oportunidades de aprendizaje o incluso programas de entrenamiento basados en el refuerzo positivo. Bien aplicado, el enriquecimiento ambiental influye de forma drásticamente positiva en el bienestar de los animales a los que va destinado.


Pero no sólo eso. Estas prácticas generan un efecto educativo indirecto: el público observa animales más activos, exploradores y competentes, lo que suele despertar un mayor interés por los individuos observados, facilitando la adquisición de conocimientos y fomentando la empatía hacia ellos. Al mismo tiempo, la posibilidad de ver animales que se comportan de forma más similar a como lo harían en su hábitat natural refuerza una visión más realista y respetuosa de la fauna silvestre, que es al final la justificación última de mantener a estos animales en cautividad con el fin de ser expuestos al público.


Incentivar la expresión de comportamientos naturales es muy beneficioso para los animales, pero además, si están expuestos con fines educativos, el beneficio es doble, ya que contribuyen a generar conciencia en los visitantes acerca de cómo viven las especies en la naturaleza. - Fotografía de Noelia Sánchez.
Incentivar la expresión de comportamientos naturales es muy beneficioso para los animales, pero además, si están expuestos con fines educativos, el beneficio es doble, ya que contribuyen a generar conciencia en los visitantes acerca de cómo viven las especies en la naturaleza. - Fotografía de Noelia Sánchez.


La conducta como indicador de bienestar


Muchas especies no pueden evaluarse de forma rutinaria mediante métodos invasivos. Por otra parte, indicadores físicos como la condición corporal o el estado del pelaje o del plumaje no siempre son representativos del bienestar real que el animal está experimentando. Es en este punto donde entran en juego otro tipo de indicadores que, aunque suelen ser más complejos de medir o interpretar —debido a la dificultad de establecer criterios claros de bienestar—, pueden resultar mucho más fiables a la hora de valorar la calidad de vida percibida por el propio animal.


En este contexto, la evaluación del comportamiento se ha convertido en una herramienta fundamental. Cambios en los patrones de actividad, la aparición de conductas estereotipadas o desviaciones importantes respecto al repertorio conductual típico de la especie deben interpretarse como posibles indicios de un bienestar comprometido o en deterioro.


Llevando a cabo una sesión de registro de comportamiento de monos aulladores en recintos de pre-liberación. - Fotografía de Noelia Sánchez.
Llevando a cabo una sesión de registro de comportamiento de monos aulladores en recintos de pre-liberación. - Fotografía de Noelia Sánchez.

Sin embargo, algunos comportamientos asociados a un bienestar pobre, como las estereotipias, pueden haberse originado tiempo atrás y quedar fijados en el repertorio del animal. Estos comportamientos pueden persistir incluso cuando las condiciones mejoran, actuando como una especie de “cicatriz” de experiencias pasadas. En estos casos (como en cualquier otro, en realidad) me parece imprescindible contextualizar al individuo y enfocar el análisis del comportamiento de forma individualizada. De este modo, seremos capaces de interpretar la conducta en términos relativos y evitar sacar conclusiones erróneas sobre el estado actual de bienestar del animal.


El desarrollo de picaje es un indicador claro de bienestar pobre en loros, pero puede perdurar en el tiempo incluso cuando el animal ya goza de buena calidad de vida. Es importante que los centros abiertos al público hagan pedagogía e informen de estos estados a sus visitantes. - Fotografía propia.
El desarrollo de picaje es un indicador claro de bienestar pobre en loros, pero puede perdurar en el tiempo incluso cuando el animal ya goza de buena calidad de vida. Es importante que los centros abiertos al público hagan pedagogía e informen de estos estados a sus visitantes. - Fotografía propia.

Del mismo modo, considero fundamental trasladar este contexto al público. Explicar adecuadamente estas situaciones ayuda a evitar juicios simplistas que, por un lado, pueden desvirtuar el trabajo de rehabilitación y cuidado que se esté realizando y, por otro, contribuir a construir una imagen distorsionada de lo que constituye el comportamiento natural de la especie. Esta es, precisamente, una parte esencial de la labor educativa de estas instituciones.



La relación humano–animal: una variable crítica


Los animales que viven en zoológicos interactúan con personas a diario: cuidadores, veterinarios, investigadores y visitantes, entre otros. Y desde los sectores más críticos con estas instituciones, estas interacciones suelen catalogarse como negativas para ellos. A menudo se pone el foco en el estrés que les supondría la presencia del público en su entorno y se cuestiona el entrenamiento animal, asociándolo a prácticas obsoletas más propias de la doma tradicional o de los espectáculos circenses que del trabajo profesional de nuestro tiempo en el cuidado y el bienestar animal.


Pero la interacción con humanos en entornos gestionados por humanos, es en gran medida inevitable. Sin embargo, estas interacciones no tienen porqué ser negativas. La evidencia científica nos indica que existen también interacciones con un resultado neutro o incluso positivo en el bienestar del animal, dependiendo del individuo, del tipo de interacción y del contexto en el que se produce. Teniendo en cuenta que los animales bajo cuidado humano viven —y vivirán— expuestos a este tipo de relaciones, quizá la cuestión no sea si deben existir o no (porqué existirán inevitablemente), sino cómo se gestionan. En mi opinión, resulta más constructivo evaluar de forma crítica la finalidad por un lado, y la forma por el otro, de estas interacciones, y preguntarnos si tanto la una como la otra son realmente respetuosas con los animales.


En lo que respecta a la relación cuidador–animal, las interacciones basadas en la predictibilidad, la ausencia de coerción y la participación voluntaria del animal mejoran la respuesta al manejo, reducen el miedo y facilitan la realización de procedimientos sin necesidad de inmovilización física o química. Procedimientos que, dicho sea de paso, son necesarios para garantizar la salud y el bienestar de los propios animales. Por el contrario, las interacciones forzadas, inconsistentes o no consensuadas tienden a aumentar los niveles de estrés y, con ello, a comprometer su calidad de vida. Es, por tanto, nuestra responsabilidad —de los profesionales del cuidado animal— promover e implementar prácticas de manejo respetuosas con el bienestar animal.


Determinadas pautas de manejo recurrentes pueden ser entrenadas para que los animales participen de ellas voluntariamente. - Fotografía de Noelia Sánchez.
Determinadas pautas de manejo recurrentes pueden ser entrenadas para que los animales participen de ellas voluntariamente. - Fotografía de Noelia Sánchez.

En cuanto a la interacción con los visitantes, su impacto resulta más difícil de controlar, ya que depende en gran medida del comportamiento de terceros. En algunos casos, la presencia del público puede generar estrés, especialmente cuando existe ruido excesivo, acoso o interacción constante e inevitable hacia los animales. Diseñar recintos que les permitan decidir cuándo mostrarse y cuándo retirarse del contacto visual es una de las estrategias más eficaces para minimizar estos efectos.


Otra herramienta especialmente interesante, aunque no siempre es fácil de implementar, es el acceso del público mediante visitas guiadas o experiencias mediadas por profesionales. Este tipo de actividades otorgan mayor control a quienes mejor conocen a los animales —el personal del centro— y, como se ha demostrado en diversos estudios, suelen generar interacciones más respetuosas con su bienestar. Además, este tipo de actividades tienen un potencial educativo y de sensibilización significativamente mayor que las visitas no guiadas, cuya efectividad es muy variable dependiendo del interés del propio público —yo siempre digo que es como ponerse a “convencer a los ya convencidos”—. La principal dificultad de este enfoque de "actividades guiadas" es que, en muchos casos, implica una reducción de los márgenes económicos de las instituciones. Es precisamente aquí donde se hace necesario un esfuerzo por encontrar soluciones que permitan compatibilizar la sostenibilidad económica con el bienestar animal, dos elementos imprescindibles para mantener estos proyectos de los cuales dependen muchas vidas.


En mi experiencia, las visitas y otras actividades guiadas son la mejor herramienta para transmitir conocimiento al público que visita este tipo de centros. - Fotografía de Noelia Sánchez.
En mi experiencia, las visitas y otras actividades guiadas son la mejor herramienta para transmitir conocimiento al público que visita este tipo de centros. - Fotografía de Noelia Sánchez.

¡Nada más por hoy gente! Espero que esta entrada te haya resultado interesante, que te haya invitado a reflexionar, y que te haya planteado cuestiones que quizás todavía no habían pasado por tu cabeza. Si es así, déjame cualquier duda o comentario más abajo, en la sección correspondiente, que estaré encantado de leerte y responderte. ¡Nos leemos en la próxima!



Roger Valls Martínez




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