Análisis del comportamiento y evaluación del bienestar animal
- Roger Valls Martínez

- 1 jun
- 8 min de lectura
Actualizado: 28 jul
Hay pocas cosas en mi profesión que me agraden tanto como monitorear y analizar el comportamiento de los animales a mi cargo. En términos de rehabilitación, esto es crucial. Me permite entender cuán listos están en términos conductuales. También es una herramienta valiosísima para evaluar el bienestar de los animales, aunque pocas veces se utiliza tanto como debería. En esta entrada, te hablo de este tema.
Animales Salvajes en Cautividad: Todo un Reto
He hablado en artículos anteriores sobre la diferencia entre animales domésticos y silvestres. En pocas palabras, los animales domésticos son taxones específicos que han evolucionado junto al ser humano durante generaciones. Su anatomía, morfología, metabolismo, psicología y comportamiento han sido diseñados mediante selección natural y/o artificial para adaptarse a la vida con nosotros. El perro (Canis lupus familiaris, o Canis familiaris, según a quién preguntes) es el caso más paradigmático. Por el contrario, los animales salvajes no han pasado por este proceso.
Los animales salvajes no tienen mecanismos innatos para adaptarse a los entornos humanos que son tan diferentes de sus hábitats naturales. Proveer calidad de vida a estos animales es un enorme reto. Debemos cubrir sus necesidades intrínsecas, forjadas en sus genes por miles de años de evolución en selvas como las de Costa Rica, en un hogar en el centro de cualquier ciudad española o en un recinto de 30m² en un santuario en Costa Rica.

Cuando hablamos del bienestar de los animales silvestres bajo nuestro cuidado, lo primero que suele venir a la mente es cubrir sus necesidades básicas: alimento de calidad, agua limpia y un espacio seguro. Sin embargo, pocas veces somos conscientes de cómo sería la vida que deberían tener en la naturaleza y de cuán diferente es de la que les ofrecemos. Deberíamos responsabilizarnos de asegurarnos de que lo que creemos que es mejor para ellos, realmente lo sea. En otras palabras, debemos asegurarnos de que el animal al que creemos brindarle una vida plena, efectivamente goza de bienestar.
¿Cuántas veces he visto cuidadores minimizar la importancia de episodios recurrentes de picaje en sus loros? Lo hacen convencidos de que "lo importante es que el loro está feliz”, cuando el picaje es uno de los indicadores más claros de bienestar pobre en psitácidas.
Indicadores de Bienestar
El bienestar animal es un concepto abstracto y difícil de medir. Va más allá de la simple ausencia de lesiones o enfermedades. Se refiere al estado general del individuo, considerando tanto su salud física como su experiencia emocional y su capacidad de adaptarse al entorno. En este sentido, se trata de cómo el animal enfrenta los retos de su entorno y si puede expresar conductas propias de su especie que favorezcan su adaptación (Broom, 1986).
Las definiciones más actuales, como la propuesta por la OIE (2019), subrayan que un buen bienestar implica que el animal esté sano, cómodo, seguro y alimentado. También debe poder comportarse de manera natural y no experimentar sufrimiento, especialmente a largo plazo. Además, enfoques recientes enfatizan que no basta con reducir el malestar: garantizar experiencias positivas y oportunidades de elección es igualmente esencial para hablar de una buena calidad de vida (Mellor, 2016).
El bienestar no es algo fijo ni absoluto. Cambia a lo largo del tiempo y en función de las experiencias del animal, el contexto, su salud y otros factores. No hablamos de una condición binaria (bueno/malo), sino de un continuo que va desde el malestar extremo hasta el bienestar óptimo, dependiendo de múltiples factores: cambios en el entorno, estado de salud, relaciones sociales, nivel de estimulación, experiencias previas, etc. Esto implica que la evaluación del bienestar debe hacerse de forma continua y contextualizada, considerando la especie, el individuo, su historial, el entorno y muchas otras variables. Un animal puede parecer gozar de bienestar hoy, pero si seguimos observándolo día a día con atención, podríamos detectar señales tempranas de malestar.

Toda persona con animales salvajes a cargo, especialmente los profesionales que nos dedicamos al cuidado y rehabilitación de fauna, debería trabajar en la evaluación del bienestar en base a la recolección e interpretación de indicadores. Estos son señales observables y/o medibles que reflejan de algún modo el estado del animal. Pueden clasificarse en diferentes tipos según su naturaleza:
a) Indicadores Fisiológicos
Incluyen parámetros como frecuencia cardiaca, niveles hormonales (p. ej., corticosterona), peso corporal o actividad inmunitaria. Son indicadores cuantitativos y medibles, pero no necesariamente representan de forma directa el nivel de bienestar de los animales. Además, pueden requerir procedimientos invasivos que induzcan estrés.
Sin embargo, pueden darnos pistas sobre factores que intervienen o dependen directamente del bienestar animal. Al poderse medir y comparar, son útiles para correlacionarse con otros indicadores o con factores ambientales o prácticas de cuidado. Por ejemplo, el peso corporal puede utilizarse como un indicador de bienestar pobre (infrapeso o sobrepeso) o como predictor de tal condición.
b) Indicadores Clínicos
Involucran observaciones sobre el estado general del animal: condición corporal, lesiones, estado del plumaje, alteraciones respiratorias, entre otros. Son fácilmente medibles en contextos clínicos, aunque no necesariamente reflejan el estado emocional presente del animal. Un estado de sobrepeso augura problemas de salud futuros y, por tanto, es un buen predictor de un bienestar pobre más adelante.
c) Indicadores Ambientales
Evalúan las condiciones del entorno: tamaño de la instalación, presencia de enriquecimiento, acceso a luz natural, temperatura, etc. Son útiles para identificar riesgos o evaluar condiciones mínimas, pero no dan información directa sobre el nivel de bienestar del animal. Por lo tanto, requieren revisar en todo caso la respuesta individual.
A menudo, interpretamos que un entorno estético desde nuestra perspectiva humana es adecuado para los animales. Sin embargo, lo que nos parece visualmente “natural” no necesariamente responde a las necesidades físicas, cognitivas o sociales de los animales. Un recinto diseñado para impresionar al visitante del zoo puede ser irrelevante o incluso limitante para quienes lo habitan. Estudios recientes muestran que favorecer comportamientos altamente motivados —como el forrajeo, la exploración, la interacción social o el refugio— es más determinante para el bienestar que la apariencia externa del espacio.
d) Indicadores Conductuales
Permiten identificar comportamientos resultado tanto de estados negativos (estereotipias, hiperagresividad, automutilación, apatía) como positivos (juego, forrajeo, exploración, interacción social normal). Son especialmente valiosos por ser no invasivos, sensibles y representativos del estado físico y emocional del animal.
La aparición de autoacicalamiento excesivo, vocalización compulsiva o rechazo al contacto social pueden ser señales claras de malestar en un loro. El pacing —caminar de forma repetitiva y sin función— es un comportamiento indicativo de bienestar pobre que suele manifestarse en grandes mamíferos, especialmente en felinos. Por otro lado, los comportamientos de juego, las conductas de forrajeo y las interacciones sociales equilibradas reflejan bienestar positivo.

Por Qué Evaluar el Bienestar Animal
Evaluar el bienestar animal no debería ser un simple trámite burocrático ni un capricho de cuidadores obsesionados. Es una muestra de compromiso hacia ellos. Ellos no eligieron vivir en cautividad, y nuestra responsabilidad va más allá de asegurar su supervivencia. Debemos ofrecerles entornos que les permitan desarrollarse física, cognitiva y emocionalmente.
Un seguimiento sistemático y basado en la evidencia nos permite detectar problemas de manera temprana. Cambios leves en las interacciones sociales, alteraciones en los comportamientos de automantenimiento o períodos de inactividad prolongada podrían indicar estrés, aburrimiento o carencias ambientales. También facilita la identificación de necesidades no cubiertas y permite diseñar intervenciones personalizadas según edad, historia, personalidad o estado de salud del animal. Esto nos ayuda a evaluar de manera objetiva si los cambios introducidos han tenido un impacto positivo real en los animales.
En zoológicos y otros centros donde se mantiene fauna silvestre, evaluar el bienestar tiene beneficios tangibles. Reduce costes al permitir intervenciones tempranas y menos invasivas, mejora la reproducción en cautividad y fortalece la credibilidad institucional al mostrar transparencia y compromiso ético. En hogares particulares, donde los recursos y conocimientos suelen ser más limitados, esta práctica es igualmente valiosa. Permite prevenir problemas de conducta como el picaje, las vocalizaciones excesivas o la hiperagresividad. Además, puede contribuir a mejorar la convivencia y fortalecer el vínculo humano-animal, gracias a que podemos proveer a este último de un mayor bienestar y, por tanto, de niveles de malestar, miedo y frustración reducidos.
El Estudio del Comportamiento como Herramienta Clave
Para comprender cómo se sienten realmente los animales que cuidamos, no siempre son necesarias pruebas clínicas o tecnologías sofisticadas. Una de las fuentes de información más valiosas está a la vista de todos: el comportamiento. La manera en que un animal se mueve, explora, interactúa o permanece inactivo refleja de forma directa su estado interno, tanto físico como emocional.

La conducta nos ofrece un lenguaje accesible que, bien interpretado, se convierte en el indicador de bienestar animal más sensible. Por ejemplo, un felino que dedica tiempo a acechar y jugar para obtener comida está expresando motivaciones naturales relacionadas con la caza. En primates, la observación de interacciones sociales como el acicalamiento permite identificar vínculos positivos, mientras que la falta de estas conductas puede relacionarse con el aislamiento social. En psitácidas, conductas como la exploración del entorno, el forrajeo o el acicalamiento mutuo son indicadores claros de bienestar. En cambio, la aparición de estereotipias o picaje son señales de bienestar pobre.
Interpretar el comportamiento no consiste únicamente en observarlo de forma aislada. Una misma acción puede tener significados distintos según el contexto. Un loro que vocaliza de forma repetida e intensa podría estar mostrando ansiedad o simplemente expresando un patrón de conducta social normal. Por eso, el análisis conductual debe ser siempre contextualizado y comparativo. Implica seguir a un individuo en distintos momentos, observar en diferentes condiciones y contrastar lo registrado con lo esperable en otro contexto temporal.

Un recurso muy útil es el llamado presupuesto de actividad —oactivity budget, en inglés—, que describe cómo un animal distribuye su tiempo entre las principales categorías conductuales*. En la naturaleza, muchos ungulados dedican buena parte de su día al pastoreo y al desplazamiento. En cautividad, tienden a invertir más tiempo en reposo si no se les proporcionan estímulos adecuados. En primates, un balance saludable incluye periodos amplios de interacción social, exploración y juego. Una disminución drástica de estas actividades constituye una señal de alarma. En aves omnívoras y herbívoras generalistas, como los córvidos o muchos loros, el forrajeo ocupa gran parte de su tiempo en estado silvestre. Su ausencia en cautividad suele traducirse en niveles de bienestar pobres.

La gran ventaja del enfoque conductual es que combina accesibilidad y solidez científica. No se requieren herramientas complejas: un cuidador o técnico capacitado puede aprender a registrar e interpretar conductas de forma sistemática. El comportamiento ofrece información directa sobre la experiencia subjetiva del animal, convirtiéndose en uno de los indicadores más sensibles y fiables de bienestar.

En definitiva, estudiar el comportamiento implica leer un lenguaje expresado en actos que, aunque cotidianos, están cargados de significado. Cuando lo interpretamos de manera rigurosa y contextualizada, no solo nos permite detectar la falta de bienestar de forma fiable y temprana, sino también reconocer y promover experiencias positivas para los animales.
Dicho esto, me despido esperando que esta entrada te haya dejado nuevos conocimientos y reflexiones. ¡Te invito a dejar tus comentarios más abajo para que podamos debatir o aprender algo nuevo juntos!
¡Un abrazo!
Roger Valls Martínez
BIBLIOGRAFÍA
Broom, D. M. (1986). Indicators of poor welfare. British Veterinary Journal, 142(6), 524–526.
OIE. (2019). Animal Welfare. Terrestrial Animal Health Code.
Mellor, D. J. (2016). Updating animal welfare thinking: Moving beyond the "Five Freedoms" towards "A Life Worth Living". Animals, 6(3), 21.




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