Análisis del comportamiento y evaluación del bienestar animal
- Roger Valls Martínez

- 1 jun
- 10 min de lectura
Hay pocas cosas de mi profesión que me agraden tanto como monitorear y analizar el comportamiento de los animales que tengo a mi cargo. En términos de rehabilitación es de suma importancia, como es lógico, pues te permite entender cuán listos en términos conductuales se encuentran los animales. Pero también es una herramienta valiosísima a la hora de evaluar el bienestar de los animales, y pocas veces se utiliza tanto como de se debería. En la entrada de hoy te hablo de este tema.
Animales salvajes en cautividad, todo un reto
Ya he hablado en artículos anteriores sobre la diferencia entre los animales domésticos y los animales silvestres, así que no me extenderé más de lo necesario. En pocas palabras, los animales domésticos son taxones específicos que han evolucionado en coexistencia con el ser humano durante muchas generaciones, de forma que su anatomía, morfología, metabolismo, psicología y comportamiento han sido especialmente diseñados mediante procesos de selección natural y/o artificial para que se adapten de mejor forma a la cautividad o a la vida con nosotros. El perro (Canis lupus familiaris, o Canis familiaris, en función de a quién preguntes) es el caso más paradigmático. Por contrapartida, los animales salvajes —o silvestres— no han pasado por este proceso.
Así pues, los animales salvajes no disponen de mecanismos innatos de ningún tipo para adaptarse a los entornos humanos que difieren tantísimo de los que les son genéticamente naturales. De este modo, proveer de calidad de vida a estos animales supone un enorme reto para aquellos quienes estamos a su cargo, puesto que debemos tratar de cubrir sus necesidades intrínsecas, —que han sido forjadas a fuego en sus genes por miles de años de evolución en las selvas de Costa Rica, por ejemplo—, en una casa en el centro de cualquier ciudad española (o en un recinto de 30m2 en un santuario en la misma Costa Rica, lo mismo da).

Cuando hablamos del bienestar de los animales silvestres que viven bajo nuestro cuidado —ya sea en zoológicos, centros de rescate o incluso en entornos domésticos— lo primero que a todo el mundo le viene a la mente suele ser el cubrir sus necesidades básicas: que tengan alimento de calidad, agua limpia y un espacio seguro. Yendo un poco más allá, reparamos en la necesidad de volar de las aves voladoras, por ejemplo, en el uso del enriquecimiento ambiental, que ha ganado popularidad en los últimos años… Pero pocas veces somos conscientes del animal que tenemos a nuestro cuidado, de cómo sería la vida que debería estar viviendo en la naturaleza, y de cuán difiere de la que le estamos ofreciendo. Por ello, deberíamos responsabilizarnos, no sólo de hacer lo que creemos mejor para estos animales de los que cuidamos, sino de asegurarnos de que aquello que creemos mejor, es efectivamente lo mejor. Dicho de otra forma, deberíamos asegurarnos de que el animal al que creemos estar brindándole una vida plena, efectivamente goza de bienestar.
¿Cuántas veces habré visto cuidadores minimizando la importancia de episodios recurrentes de picaje en sus loros? Y estos lo hacen convencidos, argumentando que "lo importante es que el loro está feliz”, cuando el picaje es uno de los indicadores más claros de bienestar pobre en psitácidas.
Indicadores de bienestar
Como también he ido explicando en otras entradas, el bienestar animal es un concepto abstracto y difícil de medir. El bienestar animal va más allá de la simple ausencia de lesiones o enfermedades. Hace referencia al estado general del individuo, considerando tanto su salud física como su experiencia emocional y su capacidad de adaptarse al entorno. En este sentido, se trata de cómo el animal enfrenta los retos de su entorno y si puede expresar conductas propias de su especie que favorezcan su adaptación al mismo (Broom, 1986).
Las definiciones más actuales, como la propuesta por la OIE (2019), subrayan que un buen bienestar implica que el animal esté sano, cómodo, seguro y alimentado, pero también que pueda comportarse de manera natural y no experimente sufrimiento, especialmente a largo plazo. Además, enfoques recientes ponen énfasis en que no basta con reducir el malestar: garantizar experiencias positivas y oportunidades de elección es igualmente esencial para poder hablar de una buena calidad de vida (Mellor, 2016).
El bienestar, por tanto, no es algo fijo ni absoluto. Para empezar, cambia a lo largo del tiempo y en función de las experiencias del animal, el contexto, su salud, y otros factores. Asimismo, no hablamos de una condición binaria (bueno/malo), sino de un continuo que va desde el malestar extremo hasta el bienestar óptimo, y que depende de multitud de factores: cambios en el entorno, estado de salud, relaciones sociales, nivel de estimulación, experiencias previas, etc. Esto implica, por tanto, que la evaluación del bienestar debe hacerse de forma contínua —no una sola vez de forma aislada— y contextualizada, es decir, teniendo en consideración la especie, el individuo, su historial, el entorno y muchas otras variables. Un animal puede parecer gozar de bienestar hoy, pero si seguimos observándolo día a día con atención y registramos cambios en su comportamiento, podríamos detectar señales tempranas de malestar cuando aparecieran.

Toda persona con animales salvajes a cargo —aunque muy especialmente los profesionales que nos dedicamos al cuidado y rehabilitación de fauna— debería trabajar en la evaluación del bienestar en base a la recolección e interpretación de indicadores. Estos, que no son más que señales observables y/o medibles que reflejan de algún modo el estado del animal, pueden clasificarse en diferentes tipos según su naturaleza:
a) Indicadores fisiológicos
Incluyen parámetros como frecuencia cardiaca, niveles hormonales (p. ej., corticosterona), peso corporal o actividad inmunitaria. Son indicadores cuantitativos y, por tanto medibles, pero no tienen porqué representar —y mucho menos de forma directa— el nivel de bienestar de los animales y, además, pueden requerir procedimientos invasivos o inducir estrés en ellos.
Sin embargo, pueden darnos pista sobre factores que intervienen o dependen directamente del bienestar animal y, al poderse medir y comparar, son muy útiles a la hora de correlacionarse con otros indicadores, o incluso con factores ambientales o prácticas de cuidado o manejo determinadas. Por ejemplo, el peso corporal, correlacionado con la condición corporal del animal, puede utilizarse como un indicador de bienestar pobre (infrapeso o sobrepeso), o en su defecto, como un predictor de tal condición.
b) Indicadores clínicos
Involucran observaciones sobre el estado general del animal: condición corporal, lesiones, estado del plumaje, alteraciones respiratorias, entre otros. Son fácilmente medibles en contextos clínicos, aunque no necesariamente reflejan el estado emocional presente del animal. Por ejemplo, un estado de sobrepeso augura problemas de salud futuros y, por tanto, es un buen predictor de un bienestar pobre más adelante. Sin embargo, eso no tiene porqué indicarnos que el animal no esté gozando de buena calidad de vida a día de hoy.
c) Indicadores ambientales
Evalúan las condiciones del entorno: tamaño de la instalación, presencia de enriquecimiento, acceso a luz natural, temperatura, etc. Son útiles para identificar riesgos, o para evaluar condiciones mínimas, pero no dan información directa acerca del nivel de bienestar del animal, por lo que requieren revisar en todo caso la respuesta individual del mismo.
A menudo pecamos de interpretar que un entorno estético desde nuestro prisma humano es un entorno adecuado para los animales, pero la realidad es que esa premisa carece de fundamento. Lo que nos parece visualmente “natural” o agradable no tiene porqué responder a las necesidades físicas, cognitivas o sociales de los animales; un recinto diseñado para impresionar al visitante del zoo o nuestro seguidor en redes sociales puede ser irrelevante o incluso limitante para quienes lo habitan. Estudios recientes muestran que favorecer comportamientos altamente motivados —como el forrajeo, la exploración, la interacción social o el refugio— es más determinante para el bienestar que la apariencia externa del espacio.
d) Indicadores conductuales
Permiten identificar comportamientos resultado tanto de estados negativos (estereotipias, hiperagresividad, automutilación, apatía) como positivos (juego, forrajeo, exploración, interacción social normal). Son especialmente valiosos por ser no invasivos, sensibles y representativos del estado físico, pero sobre todo del emocional del animal.
La aparición de autoacicalamiento excesivo, vocalización compulsiva o rechazo al contacto social pueden ser señales claras de malestar en un loro. El pacing —caminar de forma repetitiva y sin función siguiendo un mismo recorrido, por ejemplo, es un comportamiento indicativo de bienestar pobre que suele manifestarse en grandes mamíferos, especialmente en felinos. Por otro lado, los comportamientos de juego, las conductas de forrajeo asimilables en forma y tiempo a las naturales, o las interacciones sociales equilibradas, reflejan bienestar positivo.

Por qué evaluar el bienestar animal
Evaluar el bienestar animal no debería ser un simple trámite burocrático ni un capricho de cuidadores obsesionados; evaluar el bienestar de los animales que tenemos a nuestro cuidado es una muestra de compromiso para con ellos. Ellos no eligieron vivir una vida en cautividad, y por ello nuestra responsabilidad va más allá de asegurar su supervivencia: debemos ofrecerles entornos que les permitan desarrollarse física, cognitiva y emocionalmente.
Un seguimiento sistemático y basado en la evidencia nos permite detectar problemas de manera temprana, como cambios leves en las interacciones sociales en un grupo, alteraciones en los comportamientos de automantenimiento (como el acicalamiento) o períodos de inactividad prolongada, que podrían indicar estrés, aburrimiento o carencias ambientales. También facilita la identificación de necesidades no cubiertas, permite diseñar intervenciones personalizadas según edad, historia, personalidad o estado de salud del animal, y evaluar de manera objetiva si los cambios introducidos han tenido un impacto positivo real en los animales (como nuevos tipos de enriquecimiento o modificaciones en el recinto).
En zoológicos y otros centros donde se mantiene fauna silvestre de forma permanente, evaluar el bienestar tiene beneficios tangibles: reduce costes al permitir intervenciones tempranas y menos invasivas, mejora la reproducción en cautividad y fortalece la credibilidad institucional al mostrar transparencia y compromiso ético. En hogares particulares, donde los recursos y conocimientos suelen ser más limitados, esta práctica es igualmente valiosa. Permite prevenir problemas de conducta como el picaje, las vocalizaciones excesivas o la hiperagresividad. Además, puede contribuir a mejorar la convivencia y fortalecer el vínculo humano-animal, gracias a ser capaces de proveer a este último de un mayor bienestar y, por tanto, de niveles de malestar, miedo y frustración reducidos.
El estudio del comportamiento como herramienta clave
Para comprender cómo se sienten realmente los animales que cuidamos, no siempre son necesarias pruebas clínicas o tecnologías sofisticadas. Una de las fuentes de información más valiosas está a la vista de todos: el comportamiento. La manera en que un animal se mueve, explora, interactúa o permanece inactivo refleja de forma directa su estado interno, tanto físico como emocional.

En la práctica, la conducta nos ofrece un lenguaje accesible que, bien interpretado, nos sirve como el indicador de bienestar animal más sensible de todos. Por ejemplo, un felino que dedica tiempo a acechar y jugar para obtener la comida está expresando motivaciones naturales relacionadas con la caza, que en un entorno controlado se convierten en una vía para canalizar energía y satisfacer su necesidad de llevar a cabo este tipo de comportamientos de demanda inelástica. En primates, la observación de interacciones sociales como el acicalamiento permite identificar vínculos positivos, mientras que la falta de estas conductas puede relacionarse con el aislamiento social. En psitácidas, por poner otro ejemplo, conductas como la exploración del entorno, el forrajeo o el acicalamiento mutuo suelen ser indicadores claros de bienestar, mientras que la aparición de estereotipias o picaje, son señales claras de bienestar pobre.
Ahora bien, interpretar el comportamiento no consiste únicamente en observar el comportamiento de forma aislada en el tiempo. Una misma acción puede tener significados bien distintos en función del contexto. Un loro que vocaliza de forma repetida e intensa podría estar mostrando ansiedad, o simplemente expresando un patrón de conducta social normal. Por eso, el análisis conductual debe ser siempre contextualizado y comparativo: implica seguir a un individuo en distintos momentos, observar en diferentes condiciones y contrastar lo registrado con lo esperable en otro contexto temporal, en condiciones naturales o con otros ejemplares en entornos asimilables.

Un recurso muy útil es el llamado presupuesto de actividad —o activity budget, en inglés—, que describe cómo un animal distribuye su tiempo entre las principales categorías conductuales. En la naturaleza, muchos ungulados dedican buena parte de su día al pastoreo y al desplazamiento, mientras que en cautividad tienden a invertir mucho más tiempo en reposo si no se les proporcionan estímulos adecuados. En primates, un balance saludable incluye periodos amplios de interacción social, exploración y juego, mientras que una disminución drástica de estas actividades constituirá una señal de alarma. En aves omnívoras y herbívoras generalistas, por ejemplo, como los córvidos o muchos loros, el forrajeo ocupa gran parte de su tiempo en estado silvestre, y su ausencia en cautividad suele traducirse en niveles de bienestar pobres.

La gran ventaja del enfoque conductual es que combina accesibilidad y solidez científica. No se requieren herramientas complejas: un cuidador o técnico capacitado puede aprender a registrar e interpretar conductas de forma sistemática. Y, como digo, el comportamiento ofrece información directa sobre la experiencia subjetiva del animal, convirtiéndose en uno de los indicadores más sensibles y fiables de bienestar.

En definitiva, estudiar el comportamiento implica leer un lenguaje expresado en actos que, aunque cotidianos, están cargados de significado. Cuando lo interpretamos de manera rigurosa y contextualizada, no sólo nos permite detectar la falta de bienestar de forma fiable y temprana, sino también reconocer y, por tanto, ser capaces de promover experiencias positivas a los animales.
Dicho esto —que no es poco—, me retiro esperando que os haya dejado conocimientos nuevos y alguna que otra reflexión. Como siempre, os invito a dejar vuestros comentarios más abajo para que podamos debatir o aprender algo nuevo juntos.
¡Un abrazo!
Roger Valls Martínez
BIBLIOGRAFÍA
Broom, D. M. (1986). Indicators of poor welfare. British Veterinary Journal, 142(6), 524–526.
OIE. (2019). Animal Welfare. Terrestrial Animal Health Code.
Mellor, D. J. (2016). Updating animal welfare thinking: Moving beyond the "Five Freedoms" towards "A Life Worth Living". Animals, 6(3), 21.




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